No es un caso tan único. Niñas de esa edad, e incluso menores, han tenido hijos. En el Libro Guinness, está el caso de una niña peruana de ocho años que fue madre. Lo diferente ahora es que Elena no se preñó vía violación como otras madres infantiles. Fabricó a Nicoletta con la ayuda de su primito de trece años, con el cual comenzó a vivir en pareja cuando Elena tenía solo nueve años. El sexo es un nuevo juego de niños.
Porque incluso si la chica tiene 13 o 15 años como dicen sus vecinos rumanos (y la sola discrepancia sobre su edad ya arroja dudas sobre ésta), el hecho es que lo engendró con un pendex. De madre-niña pasó a ser pervertidora de menores. Tanto la familia de Elena, como sus vecinos gitanos, aducen que las madres jóvenes son comunes en esa etnia, por lo que esto seria nada más que una costumbre cultural
Sin embargo, esta anécdota ha hecho que la sociedad caga en cuenta que otras niñas, que no tienen la excusa de ser gitanas, ya no juegan con muñecas, sino con los cuerpos de sus compañeritos. Mientras algunos países elevan la edad de consentimiento, a sus espaldas los críos están iniciando su vida sexual entre los diez y los doce años. Tanto así que los pragmáticos suizos han inventado un condón para niños. Esa creatividad comercial suiza es enternecedora.
Las razones, dependiendo de la ideología, edad y sexo de quien las exprese, van desde “es la naturaleza”; “son las hormonas” o “Están comenzando más temprano porque la regla les llega más temprano”. Los más conservadores culpan este desenfreno en la educación sexual o las escuelas mixtas. Los mas realistas hablan de la influencia mediática.

El cuento de la naturaleza es una falacia ignorante. El humano es el único animal cuya sexualidad desafía a la naturaleza, puesto que no tiene ciclos de celo, y no copula para procrear solamente. El cuento de las hormonas es añejo y no tiene base científica ya que los médicos han descubierto que no hay un alboroto hormonal a una edad tan temprana, aun cuand la la regla haya sido precoz.
Hay una gran diferencia entre la curiosidad sexual, que se puede dar inclusive antes de la pubertad, y un verdadero despertar de la libido. Lamentablemente, muchos niños confunden lo primero con lo segundo gracias a una sociedad que los “educa” a través de imágenes eróticas en los medios.
No creo que la educación mixta sea realmente un factor determinante. Basta ver a las alumnas de ciertos liceos de niñas de Valparaíso que gustan “explorar su sexualidad” en la vía publica, manoseándose unas a otras. En cuanto a la educación sexual, la idea y los propósitos tras ésta son buenos, el problema radica en el currículo. Está muy bien enseñarle a los pres púberes (de 8 años para arriba) como están hechos sus cuerpos y como los hicieron sus padres, pero otra cosa es incitarlos a dar rienda suelta su derecho a la libertad sexual.
Aparte de la influencia de una sociedad erotizada y una educación sexual irresponsable, existen otros factores para estos nuevos “juegos infantiles”: hogares mal constituidos, presión del grupo social, glorificación de la sexualidad y el más importante, la baja autoestima.
La falta de un entorno familiar firme y seguro empuja los niños a refugiarse en un grupo social donde se ve obligado a compartir todas las actividades en común incluyendo el sexo. En una sociedad donde el apetito sexual es glorificado como atributo de “triunfadores”, ya desde pequeños los niños saben que el sexo los vuelve importantes, mejores, les atrae más atención, les otorga una identidad.
Esto no es nuevo. Yo lo viví en los 70’ en medio de la revolución sexual gringa, en una escuela inmensamente permisiva y con compañeros que me tildaban de “freak” por ser todavía virgen a los 16 años. Finalmente, mis padres hartos de gastar dinero en un colegio donde solo se me enseñaba a fumar marihuana, a mentirles a ellos, y a intentar hacerlos abuelos a destiempo, me metieron en una escuela judía.
Voy a ser absolutamente honesta. En la escuela judía también había chicas sexualmente activas, adolescentes que abortaban y locas que se drogaban en el baño, pero no eran la norma y nadie las admiraba. Rabinos y profesoras nos informaban al expulsar a alguna de esas: “¡Pobre Fulana, se nota que en su casa no le prestan la atención!”; “Zutana, sabe que nunca va a ir a la universidad por eso necesita sentirse importante”; “Merengana se cree fea, por eso anda moviéndole la cola a los chicos”. Así asociábamos el sexo temprano y fuera del matrimonio, con las feas, con las miserables, con las “losers” y nosotras no queríamos ser eso. Puede parecer increíble, pero funcionaba.
Ahora en cambio se estimula los niños y adolescentes para que se vuelvan seres sexuales porque eso es “bueno”, sin pensar en las consecuencias psíquicas y médicas que trae este desorden. Sé cree resolver todo problema con anticonceptivos que pueden alterar el crecimiento hormonal o con la panacea del aborto que en un cuerpo todavía no desarrollado presenta más riesgos que en el de una adulta.
Volviendo a Elena, una fiscal de Sevilla ha dicho que psíquica y medicamente no está preparada una niña de esa edad para tener un hijo. ¿Entonces por qué no les enseñan eso en las escuelas? La fiscal también ha dicho que la madre-niña debería tener una infancia. ¿Entonces por qué no se trata de salvaguardar esa infancia en vez de quitarles a la fuerza la inocencia a las criaturas?





