sábado, 23 de octubre de 2010

La cultura del vandalismo: por que no creo en las protestas públicas

Ricardo Lagos solía decir, con risitas socarronas, que la cultura de protesta era parte  de la democracia. Claro, como él no tenía que pagar los vidrios rotos. Yo no entiendo por qué si se protesta contra medidas gubernamentales,  se tenga que destruir la propiedad ajena y la vía publica.

A pesar de los disturbios y destrozos provocados por los sindicatos, que casi dejan a Francia sin combustible, Sarkozy aceleró y pasó su controversial ley de pensiones. Respeto el derecho de los sindicalistas (aunque los sindicatos no me merecen mucho respeto) de manifestarse, pero tratar de doblarle la mano a Sarko rompiendo vitrinas  me parece irresponsable y eso de tomarse los depósitos de gasolina me huele a maniobra de guerrilleros.

A los franceses, a pesar de ser tan burgueses, les encantan las revoluciones. Todos llevan un Gavroche adentro que quiere liderar al pueblo, asaltar la Bastilla y montar barricadas. Sobre todos los estudiantes que se sienten herederos de sus abuelos del 68, mitificados por historiadores progres. Pero me parece que estos disturbios han terminado en una monería carita y reaccionaria. Comprendo que si tienes 59 años y crees que jubilas el próximo año y te plantan dos años mas es para enojarse, pero no es razón para paralizar un país. Sobre todo  en un momento en que la mitad del mundo está en paro y desearían tener un empleo aunque tuvieran que trabajar hasta los 62años.

Hace un par de años los estudiantes franceses protestaban  que no les estuviera esperando un empleo a la puerta de la Sorbona cuando se graduaran. Oye, ni los que se gradúan de Harvard…Y ahora se quejan que los van a obligar a trabajar dos años más. En la mayoría de los países europeos la jubilación es a los 67 años.  Leí un excelente artículo en ABC sobre el perfil de estos estudiantes, muy reaccionarios y sindicalizados. No parecen ser elementos valiosos para una sociedad que necesitas gente creativa más que agitadores políticos.

Pero voy a dejar tranquilos a los franceses (tengo una abuela gascona) porque en todas partes las protestas y las manifestaciones van acompañadas de desmanes, destrucción de propiedad privada, y violencia. En Nápoles se les ocurrió crear un basurero gigante, quizás el mas grande de Europa. Hace años que los pobres habitantes de un barrio que colinda con el basural sufren enfermedades  e incomodidades provocadas por las miasmas. Esta semana, ya hartos, decidieron demostrarse con petardos, bombas Molotov e incendiado lo que encontraban y agrediendo a la policía. Acusaban a Berlusconi, pero todos saben que la mitad de la culpa recae en la Camorra, causa de todos los males napolitanos Pero anda a ver si los manifestantes eran tan gallitos para ir a tirarle una Molotov a un mafioso.

¿Nadie ha oído hablar de protestas pacificas? Existen. Yo las he visto en USA, incluso participe en algunas, y acá en Chile también. Pero por alguna razón, los revoltosos mas extremistas  (léase estudiantes) suelen ser proclives a actos antisociales. El 98, cuando trabajaba en la Católica de Valparaíso, en más de una ocasión quedé atrapada en un edificio, porque salir significaba ser agredida o por el chorro del guanaco, o por las bombas lacrimógenas, o por estudiantes que se portaban como mandriles hidrófobos. Por eso apenas aparecía alguien a anunciar “ya están en el parque Italia. Ya bajan los de la UPLA”,  yo agarraba mi cartera y apretaba como si oyera la alarma del tsunami.

En una ocasión en que estábamos sitiadas, una compañera, en avanzado estado de embarazo, decidió que salía si o si, porque tenía que ir a buscar a la niña a la guardería. Apenas la pobre asomó la panza por el portón de 12 de febrero, y le cayeron encima manifestantes que le vieron cara de oligarca. Fue horrible verla correr, perseguida por varios individuos con aspecto de maleantes. Un carabinero persiguió a uno hasta dentro del Edificio  Gimper y le dio un par de palos. Lo irónico es que los de la biblioteca estaban indignados. “Se violó la soberanía de la universidad” se quejaban como si la biblioteca fuera un templo. Yo tenía ganas de quitarle la luma al paco y darle palos a los cobardes que atacaban a una inocente preñada.

Inicialmente admiré el Movimiento Pingüino que galvanizó a los estudiantes chilenos el 2006 y años siguientes.  Los seguí con mucho intereses en las noticias, hasta me aprendí los nombres de sus líderes. Los consideré honestos, valientes, elocuentes. Pero la segunda ola me saturó. Me cargaban sus peleas internas en que se agarraban de las mechas como los cabros chicos que eran, su retórica politiquera y anárquica, su prepotencia iconoclasta. El jarro de agua que la María Música le tiró a la Ministra colmó mi vaso. No me gustan las manifestaciones de violencia gratuita, como no me gustan las argumentaciones “ad baculum” y parecen ser las únicas que conocen los movimientos radicales.

Una vez, creo que fue a comienzos del 73, mi hermano me leyó indignado una noticia del Clarín (al que no había que creerle mucho tampoco) que decía que elementos de Patria y Libertad pretendían tomarse el zoológico (entonces en el San Cristóbal) y asi paralizar Santiago so pena de soltar al león sin dientes y un par de culebras raquíticas sobre la población.

“Pobres animalitos” decía mi hermano que hasta entonces había sido muy pro PyL. “Pobre gente”, pensaba yo, porque los elefantes, los babuinos, los osos,  no hubieran atropellado ni  atacado al Chicho o a Altamirano, blancos del merecido odio de Patria y Libertad, sino a pobres peatones inocentes. Ese tipo de conciencia egoísta y antisocial, de que el fin justifica los medios, es lo que ensucia la mayoría delas protestas publicas en Occidente y termina por hacer olvidar las justas causas de las mismas.